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Un volcán llamado Cuauhtémoc Cárdenas

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Luis Hernández Navarro

Noviembre 3 de 2026

A pesar de que el carácter de Cuauhtémoc Cárdenas era serio, sobrio y reservado, despertó grandes pasiones en el México de abajo. No obstante su solemnidad, prudencia y parquedad, encendió los deseos de cambio en amplios sectores de la población. En la campaña presidencial de 1988 se convirtió en un volcán en erupción por el que afloró el magma de los deseos de cambio que algunas de las izquierdas no habían logrado concitar.

La formación de la corriente democrática del PRI comenzó como algo muy pequeño. El michoacano conocía a Porfirio Muñoz Ledo desde la universidad. Era presidente del partido, cuando él fue candidato a senador. Y, al salir de una asamblea del partido quedaron de reunirse a comer para conversar sobre sus preocupaciones acerca el deterioro social que existía en el país. El siguiente paso fue convocar a un encuentro más amplio con amigos en común.

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Fue así como se juntaron en la casa de Ifigenia Martínez Navarrete, unos 10 o 12. Allí estuvo Rodolfo González Guevara, embajador de México en España, quien explicó, cómo en aquel país se había formado una corriente crítica dentro del Partido Socialista Obrero Español, y sugirió hacer algo así. Se propuso, también, lanzar un precandidato y pedir que hubiera una elección primaria. González Guevara planteó que Cárdenas podría ser el candidato de sacrificio. El ingeniero le reviró: “mire, creo que debe ser usted y no por sacarle al bulto, sino porque usted tiene más una trayectoria dentro del partido que yo no tengo”.

Sin consultarlo con nadie, Muñoz Ledo dio una entrevista en el periódico Unomásuno, en la que hablaba de la formación de una corriente democrática, democratizadora y crítica. Los demás se sorprendieron pero no les disgustó el nombre de corriente democrática.

El ingeniero estaba a disgusto con muchas cuestiones que se estaban dando en el país. Habían presos políticos y un fuerte deterioro social; había una disminución en la calidad de los niveles de vida, un abandono de las cuestiones sociales.

Cárdenas ya terminaba su gestión en el gobierno de Michoacán, a mediados de septiembre del 86, cuando empezó a recorrer el país, apoyándose en su red de conocidos del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), fundado en 1961, que actuó hasta 1964. Buscaba cumplir con los objetivos de la Conferencia Latinoamericana por la soberanía nacional, emancipación económica y la paz de 1961. Su participación en sus filas le permitió recorrer diversas partes del país.

La corriente crítica planteó la necesidad de luchar por dos cuestiones centrales. Las sociales, es decir educación, salud, niveles de vida. Y que el PRI abriera internas para elegir a sus candidatos. El choque dentro del partido fue tremendo. A mediados de octubre del 87, los sectores del partido se pronunciaron por sacar a la corriente democrática de sus filas.

Sus promotores siguieron dentro del PRI, hasta que se destapó a Carlos Salinas de Gortari. En ese momento tuvieron que decidir si se iban a sus casas, o se sumaban a la candidatura oficial o lanzaban una propia llamando a votar en el círculo blanco. Finalmente, la ruta que siguieron fue otra. El PARM, el Partido Popular Socialista y lo que fue Partido Socialista de los Trabajadores se quedaron “colgados de la brocha”, sin sus contactos con el gobierno. Finalmente, los tres partidos lo postularon como su candidato a la presidencia.

En un primer momento, el número de militantes de la izquierda social y la partidaria que simpatizaban con la candidatura de Cárdenas podían contarse con los dedos de la mano. En el lenguaje de la época, la ruptura dentro del PRI se veía como una simple contradicción interburguesa, sin importancia para el movimiento popular.

Miguel de la Madrid llegó a la presidencia de la República en 1982, y con él las políticas de austeridad propias del neoliberalismo. Una parte significativa del movimiento popular trató de enfrentarlas organizando paros cívicos nacionales en 1983 y 1984, pero tuvieron una participación muy limitada. Sería hasta las protestas de los damnificados por los sismos de 1985 y la lucha del CEU contra el plan Carpizo un año después que la inconformidad social se reanimó.

Entre 1981 y 1987, la izquierda partidaria se reagrupó, sumando en esos seis años disolviendo ocho siglas en una sola, y promoviendo a Heberto Castillo como su candidato a la presidencia para 1988. El Partido Revolucionario de los Trabajadores, postulando a Rosario Ibarra de Piedra como su abanderada, sumó a una red de otros grupos de la izquierda radical.

Sin embargo, la adhesión popular hacia el ingeniero fue sorprendente. Su campaña arrancó en Morelia y se siguió a Hidalgo. Tenía mítines grandes de 200 personas y otros de apenas 25. Así terminó el 87. La primera visita en campaña en el 88 fue a Colima, donde, sin explicación alguna, comenzaron a sumarse muchísimas más personas. Y, a partir de ese momento, las cosas irían para arriba. En febrero, en la Laguna, el desbordamiento popular fue total. De ahí la insurrección cívico-electoral siguió creciendo, hasta el apoteósico mitin del 26 de mayo Ciudad Universitaria. El volcán hizo erupción.

Durante 20 años (1968-1988), una parte de las izquierdas mexicanas habían construido sus fuerzas en base a un discurso socialista, de clase e internacionalista. Esas señas de identidad fueron barridas por un movimiento democrático, cívico y nacionalista.

Cuando el fraude electoral y la amenaza de represión se hicieron sentir contra el cardenismo, el ingeniero apostó por darle cauce a la rabia y la participación popular formando un partido, al que el PMS le cedió su registro. La mayoría de esos agrupamientos se diluyeron (es un decir) para sumarse al nuevo proyecto. Una versión renovada del nacionalismo revolucionario devoró la apuesta por un proyecto socialista.

X:@lhan55

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