Cultura

El llamado

 

Tere Casas

 

Tere de las Casas Mariaca

Cuentista y cuentacuentos

dramatismos@hotmail.com

Septiembre 13 de 2014

 

 

¿Hace cuánto tiempo que los jóvenes gozan del derecho de elegir su profesión?

Veamos: hubo tiempos en que entre las familias adineradas existía la tradición de que el primer hijo varón debía ser militar y el segundo sacerdote.

Entre la gente más sencilla se acostumbraba heredar los oficios: el zapatero solía ser hijo de zapatero, nieto de zapatero, padre de zapatero y abuelo de zapatero, y ¡ay! de aquel descendiente que anhelara convertirse en marino.

Hubo también prolongadas épocas en las que al primogénito varón se le obligaba a ser lo mismo que su padre: rey, médico, abogado, profesor, ingeniero…

Otros debían continuar el negocio del padre, que de González e hijos, con el tiempo se convertía orgullosamente en González, antepasados y descendientes, S.A.

Las escuelas estaban cerradas para las mujeres: a ellas se les entrenaba en las labores domésticas para que se convirtieran en madres y esposas. Se les imponía el hogar como centro de trabajo y a cada una le asignaba un jefe-marido elegido según las conveniencias de la familia.

La palabra vocación deriva del verbo latino vocare que significa llamar. Algunos creen que el llamado lo hace Dios, sobre todo los que se consagran a Él, otros piensan que es el destino el que llama.

Yo creo que la llamada la hace el alma, pero con alma no me refiero a una cosa etérea e inmortal, sino a la parte más sensible y refinada del ser humano, donde residen sus talentos. Un alma a la que no le salen alitas cuando el cuerpo muere y se va muy contenta volando al cielo, un alma que no reencarna, un alma que perece y se pudre junto con el resto del organismo, pero es la única parte del ser capaz de dejar un legado. Un alma que anhela darle sentido a la vida porque está consciente de su finitud.

Durante milenios, a la gente se le impidió responder a su llamado. Sólo los más valientes se atrevían a ir en contra de las convenciones, exponiéndose al repudio, y si eran ricos, también a ser desheredados. No sólo los rechazaban sus familiares, también los respetuosos de las tradiciones, los que temían los cambios y los que envidiaban su osadía.

¡Cuántos miles de talentos se han desperdiciado a lo largo de la historia!

Si pese a los impedimentos para elegir la profesión libremente, la humanidad ha alcanzado tan asombroso nivel de desarrollo, ¿cuántas maravillas más habría logrado si hubiera aprovechado todos sus talentos?

Volvamos ahora con la pregunta que dio inicio a este artículo:

¿Hace cuánto tiempo que los jóvenes gozan del derecho de elegir su profesión?

Es mi parecer que eso no ha ocurrido aún. Los defensores de los derechos humanos luchan por las mujeres, los viejos, los pobres, los homosexuales, los discapacitados, los desprotegidos, etc., pero nunca han abogado por la libertad de acudir al llamado.

Cuando un progenitor le pregunta a su niño: « ¿Qué quieres ser cuando seas grande?», actúa de manera sincera, realmente quiere saber qué le gusta para poder encauzarlo bien, pero espera que el chico sea sensato y no vaya a salir con que quiere ser escultor o pianista. Porque precisamente a causa del sincero interés del padre en el futuro del hijo, lo que en realidad le pregunta es «¿Qué quieres tener cuando seas grande?». Así que el cálido rostro del progenitor, su cariñoso tono de voz y su actitud protectora se transformarían drásticamente si el hijo manifestara su anhelo de dedicarse al arte, la literatura, la filosofía o el deporte, y saldría con el típico sermón: «Debes dedicarte a algo normal, ¡algo seguro! Con esa carrera ¡te morirás de hambre! ¡No tendrás ni en qué caerte muerto!».

¡Cuán lamentable es el hecho de que hayamos construido una sociedad de seres insensibles que piensan que un artista es un muerto de hambre, sin un lugar siquiera para caerse muerto!

Los sabios consejos de los padres impulsan a los hijos con inclinaciones “anormales” a desviar los respectivos llamados de sus almas, eligiendo algo “parecido” y que al mismo tiempo logre contentar a sus afligidos progenitores.

Así, el que quiere ser escritor o actor ingresa a Comunicaciones y el que desea convertirse en pintor se inscribe en Diseño Gráfico.

Eso es tan absurdo como casarse con el primo lejano del hombre amado porque a los padres les cae mejor. Y, bueno, pues consuela un poco que tenga el aire de familia.

Otros deciden estudiar Ingeniería o Contabilidad, y convertir en un hobby a su verdadera vocación,

Esto sería equivalente a casarse con una persona del gusto de los padres y convertir en amante a la que verdaderamente se ama.

Establezco comparaciones con la elección de pareja porque esto también es un asunto de amor, y el que no lucha por su amor, no ama.           Y ese es el único amor fiel y seguro, porque las personas pueden abandonarnos, traicionarnos, morirse o tomar sus propias decisiones, mientras que el trabajo para el que cada individuo nació es suyo para siempre.

No atender el llamado del alma, tampoco nos garantiza llegar a TENER lo que queremos. La capacidad para ganar mucho dinero es un talento independiente de la actividad que se desempeña. No existen carreras lucrativas ni carreras empobrecedoras. El que sabe hacer dinero lo hace con lo que sea, el que no sabe no lo hace con nada.

Lo que sí tienen asegurada es la muerte por inanición del alma. Para no ser unos muertos de hambre, engordarán al cuerpo y dejarán perecer al alma, y ella sí que tendrá donde caerse muerta: ahí mismo, dentro del bien alimentado o sobrealimentado cuerpo, provocándole un duelo inacabable.

Y para terminar, permítaseme una última pregunta:

¿Y tú cómo quieres sentirte cuando seas grande?

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