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Cien años después, la historia sigue igual

Desierto Negro; muerte en los socavones de la Cuenca carbonífera de Coahuila.

 
Juan Monrreal López
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Febrero 24- 2006
Este texto fue publicado el 31 de marzo de 2002 en el número 82 de la Revista Demócrata Norte de México, a raíz del estallido del pocito la “Espuelita”. Desde entonces como hace cien años, la confabulación contra los mineros sigue. Los medios sólo se acuerdan de la zona, cuando estallan los socavones y hay muertos. Estas letras están dedicadas con duelo a los mineros y sus familias de la mina Pasta de Conchos.

Barroterán, Coahuila.- En esta región, no se tapan los pozos después de los muertos, se abren más. Así ha sido durante los últimos cien años en esta región minero-carbonífera; lugar en donde la muerte llega negra.
Estandarte de políticos y líderes, los cadáveres de los hoyos de esta depresión del Golfo de Sabinas, son negociables. Desde finales del siglo XIX, las empresas, pero también líderes y gobiernos, aumentaron sus bienes con o sin estallidos de los socavones.

Mineros trashumantes; las familias mineras crecieron alrededor de los yacimientos, avanzando conforme se escurrían las vetas en las profundidades. Así fueron edificándose pueblos, rancherías, nuevos centros de población, a los que se trasladaban las máquinas extractoras y procesadoras del carbón de piedra; de la hulla indispensable para acerar el hierro.
Así la llamada Cuenca Carbonífera de Coahuila, creció más allá de los añejos pueblos del desierto negro: Nueva Rosita, Cloete, Agujita, Palaú; pueblos que a su vez dieron vida a Esperanzas, Barroterán, así como a Santa María; comunidades proveedoras de mano de trabajo experimentada en la extracción de mineral en condiciones inseguras. Puntos caliente de las tragedias recientes, que no por desgracia las últimas.
Las luchas sindicales
Los muertos por voladura de los socavones, aparecieron justo desde el inicio de la explotación del carbón. También las escaramuzas entre los empresarios y mineros. Desde entonces, los trabajadores vienen recurriendo a instrumentos de autodefensa, con el propósito de enfrentar las actitudes voraces de los propietarios de los fundos de la hulla.
Paros, protestas sindicales, huelgas, han sido las armas civiles de los mineros de la Cuenca carbonífera, para hacer sentir la necesidad de mejorar las condiciones de vida y de trabajo.
Invariablemente las luchas sindicales de esta región coahuilense, han sido apaciguadas por el poder gubernamental, confabulado con los patronos y líderes sindicales “charros”.
Esta alianza contra los trabajadores, ha llegado hasta el límite de callar para siempre a los dirigentes democráticos de los tiros mineros. Por ello, ha sido relativamente fácil, atropellar los derechos laborales, o en caso de accidente, escamotear con actitud rapiñera las pensiones de las viudas, de los huérfanos y de las madres de los obreros fallecidos por la ira del gas metano, conocido como gas “grisú”.
La zona
En 1977, llegué a fraternizar a esta región, la zona turbera más grande de la República. Todo era nuevo. Mineros adustos, arena negra, obreros que se arremolinaban pegados a la estrecha cinta asfáltica a la espera de los camiones que los trasladan a las coquizadoras y túneles turberos.
Agrupados en cuadrillas, Calo y Rolando – jóvenes mineros entonces- hablaron de la importancia esencial que guarda el confiarse mutuamente la vida entre todos los miembros de las cuadrillas. “La confianza se cultiva tanto arriba (fuera de las minas) como abajo, si no, está cabrón sobrevivir”. Sentenciaban.
“Si no mueres por los derrumbes, el Cotón, – líder sindical charro de la sección 175-te puede quebrar”, decían.
Eran las épocas de bregas sindicales, de las jornadas para reivindicar mejores condiciones laborales y democracia sindical; las horas extras para arrancar la organización de los trabajadores de los líderes sempiternos, Napoleón Gómez Sada y Benito Ortiz Elizalde, entre otros caciques sindicales.
Fueron los días en que Oscar Flores Tapia, entonces gobernador de Coahuila, dejó caer todo el terror del Estado, en contra de los mineros insurgentes.
La intención fue siempre proteger a Napoleón Gómez Sada, líder del Sindicato Nacional de Mineros Metalúrgicos de la República Mexicana (SNTMMRM).
Era también la época en que el autollamado italiano gobernador – quien en sus delirios de poder adoptó el nombre de Oscar Fiori Muro- protegía al ya corrupto funcionario Enrique Martínez y Martínez, hoy gobernador autócrata del estado.
Cuando no conoces la explotación de la hulla, observar a estos mineros con párpados sombreados, cual guerrero tuareg, trastorna; cimbra la ignorancia generada por los prejuicios.
Aquí, los ojos bien delineados de los hombres y mujeres, son símbolo inequívoco de su trabajo, de su relación íntima con las tierras negras, de los túneles del carbón de piedra. Unos ojos bien contorneados hablan por sí mismos de la veteranía del minero, de su madurez, de su liderazgo en los socavones.
La Cuenca carbonífera en 1977 
La región carbonífera del estado ha sido escenario de luchas sindicales ininterrumpidas. En 1977, existían inconformidades latentes, porque la tragedia de la mina de Barroterán en 1969, no había parado la incidencia de accidentes cotidianos por falta de mediadas de seguridad.
Las empresas, exprimen hasta lo último a éstos trabajadores, pese a que la vida esté en riesgo. En 1977, como hoy, las condiciones laborales eran y siguen siendo inseguras. En aquel año, los recuerdos frescos de la tragedia minera del 31 de marzo de 1969, el accidente donde perecieron oficialmente 168 personas, estaba aun en la memoria colectiva. Todavía los ecos de las promesas del gobernador del estado estaban presentes. Con este suceso pasó, como siempre ocurre; la catástrofe sirvió de propaganda para el exgobernador Eulalio Gutiérrez Treviño, quien junto con las autoridades del trabajo, líderes sindicales y patrones, no cumplieron siquiera con la Ley.
Como tampoco se cumplió en los dos accidentes sucedidos en de 1973; uno en el pozo Don Evaristo con 6 muertos, así como los de Nueva Rosita, donde fallecieron 11 personas.
La tragedia volvió aparecer en 1976 con otro par de accidentes que arrojaron 9 víctimas. Dos en Nueva Rosita, así como 7 es Sabinas.
Ese era el caldo de cultivo donde la incubaron las protestas sindicales de 1977, entonces como hoy, envueltas en la demanda de mejores condiciones de trabajo y democracia sindical.
Es en este contexto que deben analizarse los dos recientes siniestros en las minas “La Morita”, el 29 de septiembre de 2001, que arrojó 11 muertos; y ahora este 21 de enero de 2002, en el agujero conocido como “La Espuelita”, donde la muerte negra acarreó a 13 trabajadores, sin que el gobernador Enrique Martínez, se inmute; actitud que subraya la indolente política laboral que priva en Coahuila.
La tragedia de este “pocito” conocido como “La Espuelita”, llegó como siempre han llegado, sin que siquiera el recebo que dejan las detonaciones del estallido del socavón anterior, se hayan asentado.
Los Pocitos mineros

Los llamados pocitos mineros, existentes en la Cuenca carbonífera de Coahuila, producen en las peores condiciones laborales imaginables, y su papel es complementar los volúmenes de las minas mas grande y “más serias”, entre estas las pertenecientes al Consorcio Altos Hornos de México y Minas de carbón de Río escondido (MICARE). Por cierto, en un tiempo, sitio de refugio de los líderes sindicales corruptos, destituidos por los trabajadores de las secciones sindicales de Monclova, pertenecientes al SNTMMRM; Sección 147 y 288, entre ellos, Jesús Reina.
Hoy en marzo de 2002, en realidad los tiempos nada han cambiado. De igual forma que hace décadas, hoy las familias Yutani, Canavati, Montemayor, Riojas, Valdés, siguen siendo los propietarios de los alrededor de 150 “pocitos” carboníferos que operan en la región.
Los derechos laborales mínimos siguen sin respetarse. La colusión entre la trinca, patrones, sindicato y gobierno, sigue operando eficientemente en estos días de la transición democrática (¿?).
De hecho, los autores de los daños no han cambiado en mucho tiempo. Las familias propietarias de los pocitos son las mismas, los líderes sindicales también.
El mafioso Bloque de la unidad minero metalúrgico del estado de Coahuila (BUMMEC) brazo represivo y operador de las políticas sindicales de Napoleón Gómez Urrutia, -ilegal príncipe heredero del SNTMMRM- sigue desplegando el terror con el contubernio de patrones y autoridades municipales y estatales.
Pero eso no es todo. Inspectores de la secretaría de trabajo-dependientes de ese moderno Tomás de Torquemada, Carlos Abascal Carranza-, juegan abiertamente el papel del “tío lolo”, a cambio de gratificaciones ilegales, como se ha señalado y documentado desde siempre.
Mientras esta liga acrecienta sus bienes, los muertos los siguen plantando los mineros. Hace 60 días, que la deflagración en el túnel la “Espuelita”, apiló 13 mineros más, a esa adición de muertes que no acaba de terminar en este desierto negro.
Ocho semanas desde que el primer priísta del estado, Enrique Martínez y Martínez, anunciara con voz engolada que la desgracia tendría indemnizaciones “justas” para los deudos de las víctimas.
Dos meses han transcurrido y los familiares siguen esperando, a quien sin recato empeñó su palabra ante la sociedad coahuilense sin recuperarla.
Son 33 años de la catástrofe de Barroterán. 25 anales que a sangre y fuego, asesinatos, encarcelamientos, expulsiones sindicales y despidos laborales; los Gómez Sada, los Leypen Garay, los Flores Tapia y toda la horda de retrógradas ahogaron una de las esperanzas de hacer más llevaderas las jornadas laborales.
Sirvan pues estas letras, para decir que la muerte aquí en la tierra del Desierto negro, las mortandades no se ven como naturales y con resignación, se sienten con impotencia pero también con sabiduría de quien trabaja en el vientre del mundo.
Las vidas segadas por negligencias, por “encargo” de los líderes sindicales charros, como todas las cortadas en esta zona, principalmente en la Sección 175, tendrán sus frutos, que sin dudad caminarán en sentido contrario, a los de quien se solaza en la desgracia humana.
Vaya nuestra admiración para toda esta buena gente minero-metalúrgica; pero por encima de todo, para los íntegros trabajadores que empujan a que las relaciones en el gremio caminen por el “nosotros” y no únicamente por el “yo”.
Se equivocan quienes apuestan a la inmovilidad e irrestricta resignación de los trabajadores de las secciones mineras de la zona, como la 147, 288, 175, 264, 59,14…

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