Archivo 2006

El primer preso político del sexenio

Luis Hernández Navarro

Flavio Sosa, uno de los dirigentes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) más conocidos por la opinión pública, fue detenido el pasado 4 de diciembre en la ciudad de México. Acababa de salir de una conferencia de prensa en la que su organización ratificó su disposición a reanudar las negociaciones con la Secretaría de Gobernación un día después.
Su aprehensión fue escandalosamente difundida por los medios de comunicación electrónica. Fue presentada como si el gobierno federal hubiera dado un duro golpe a la delincuencia en el país. Flavio fue trasladado al penal federal de alta seguridad de Almoloya de Juárez, en el estado de México, donde se encuentran asesinos, secuestradores y narcotraficantes.
Sosa fue acusado de varios delitos que no cometió: ataque a las vías de comunicación, robo específico, robo calificado con violencia, secuestro, daños por incendio, resistencia a las autoridades. Sin haber sido juzgado se presumió que es culpable y un individuo de alta peligrosidad. La verdad es que es un dirigente político y social. Las acusaciones que se le han hecho son parte de la pretensión del gobierno de Felipe Calderón de criminalizar la protesta social.
Flavio nunca fue “el dirigente único o principal” de la APPO. Fue, sí, uno de sus voceros más solicitados por los medios de comunicación. Su disposición para dar entrevistas, su facilidad de palabra, su conocimiento de la problemática local y su capacidad para explicar el movimiento lo convirtieron en un interlocutor natural de reporteros y comentaristas. Su organización, Nueva Izquierda de Oaxaca, es una más de las casi 350 asociaciones que fundaron el movimiento. El se ganó un lugar dentro de la lucha pero estuvo muy lejos de ser el jefe máximo de las protestas.
A pesar de la pretensión de mostrarlo como un facineroso de cuidado, Sosa no es un radical. No es un líder que coma lumbre. Conoce el valor del diálogo y del trato político con el poder. Se deslindó permanentemente de las organizaciones armadas y enfrentó personalmente a los jóvenes radicalizados. Es, por el contrario, una de las figuras más proclives a la negociación dentro del movimiento.
Flavio Sosa nació en la comunidad de San Bartolo Coyotepec en 1953. Fue diputado federal en la LII Legislatura por parte del Partido de la Revolución Democrática (PRD), partido con el que rompió en 2000 para sumarse a las filas del voto útil que apoyaron la candidatura de Vicente Fox. Más tarde se reincorporó a las filas del sol azteca. Fundó con otros dirigentes indígenas el Partido de la Unidad Popular en Oaxaca, un instituto auspiciado por el gobernador José Murat, para romper la unidad de la oposición que postuló como aspirando a mandatario estatal a Gabino Cué. Fue parte de la Unión Campesina Democrática (UCD) y, después, de la Unión Nacional de Organizaciones Regionales Campesinas Autónomas (UNORCA).
Con muy poco espíritu autocrítico, esta volatilidad política fue fuertemente cuestionada por la clase política y varios medios de comunicación. Irónicamente no es exclusiva de él, sino que se ha convertido en una costumbre de los políticos profesionales del país. Los hoy panistas Juan José Rodríguez Pratts, Florencio Salazar, Francisco Barrio y Felipe González (por citar sólo algunos) militaron en las filas del partido Revolucionario Institucional (PRI) y cambiaron de bando cuando no fueron postulados para el puesto al que aspiraban.
Después de 1968 se decía que el PRI no necesitaba de una escuela de cuadros porque para eso tenía al Partido Comunista Mexicano. La cantidad de militantes de izquierda que entraban a las filas del tricolor hacía que el chascarrillo tuviera credibilidad. Hoy las cosas han cambiado. El PRD se nutre regularmente de los desprendimientos del PRI. La misma Patricia Mercado, que tan acremente criticó a Flavio Sosa, ha pasado por varios institutos políticos: fue integrante del Partido Revolucionario de los Trabajadores y candidata a diputada por el Partido del Trabajo.
Como lo han hecho multitud de organizaciones sociales reivindicativas en Oaxaca y en el resto de país, la organización que Flavio dirige recibió recursos públicos para atender demandas de sus afiliados. Las organizaciones sociales son mediadores legítimos para negociar con los gobiernos la solución de requerimientos de la población pobre del país. Este hecho, absolutamente natural y legítimo, quiso presentarse como muestra de su corrupción. Para algunos medios de comunicación los únicos subsidios justificados son los que el gobierno federal otorga a los empresarios.
¿Por qué el gobierno federal decidió detener a Flavio si no era el líder de la APPO, era parte del ala más proclive a negociar y se preparaba para dialogar con la secretaría de Gobernación? Porque la administración de Felipe Calderón quiso dar un golpe mediático, deteniendo a uno de los pocos rostros visibles de la protesta oaxaqueña, públicamente identificado con el PRD, al tiempo que creía colocar al movimiento en una situación aún más difícil. Se había hecho de Flavio la “bestia negra” del movimiento, y los medios de comunicación alimentaron la especie después de su encarcelamiento.
La decisión fue una estupidez. Flavio Sosa está en la cárcel, como lo están muchos otros activistas más, a los que el gobierno detiene y el gobierno libera a discreción. A pesar de ello, la exigencia de que Ulises Ruiz renuncie como gobernador de Oaxaca sigue, las movilizaciones de protesta se mantienen (y se han extendido a 37 países) y al mandatario estatal casi nadie lo obedece. El miedo de los ciudadanos se ha convertido en indignación.
Flavio Sosa se convirtió en el primer preso político del sexenio. Felipe Calderón lo convirtió en una celebridad internacional. El buscador de Google arroja 250 mil referencias con su nombre. Wikipedia tiene una ficha con sus datos. A menos de un mes de haber tomado posesión, la nueva administración enfrenta una grave crisis de derechos humanos. Y, lejos de disminuir, el problema crece.

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